Dos males de la Universidad

Dos males de la Universidad

Una de las permanentes contradicciones que confrontamos los académicos estriba en la formación de opiniones cuando contraponemos al conocimiento con la experiencia. El prurito profesional nos hace alejarnos de esta para refugiarnos en el primero. Es por ello por lo que esbozo estas líneas con pudor porque cuando me refiero a cuestiones de política universitaria no hablo desde el saber configurado por el estudio sino desde la más pura vivencia acumulada a lo largo de cinco décadas, en la muy lejana primera como estudiante y luego como profesor asumiendo tareas docentes, de investigación y de gestión. Pido por consiguiente disculpas a mis colegas que abordan la educación universitaria no solo desde su experiencia sino desde el ámbito sociológico o desde las políticas públicas y ni que decir tiene desde el propio frente de la educación. Soy un intruso consciente de su osadía porque las líneas que siguen son de pura opinión fraguada por la vivencia personal en el tiempo y en el espacio universitario español (europeo) así como americano y casi nada con el estudio del tema.

De los muchos diagnósticos que se realizan periódicamente sobre la universidad quiero centrarme en dos que para mi gozan de bastante relevancia y que concibo como factores negativos para el desarrollo universitario confiriéndoles, por consiguiente, el apelativo de males. No sostengo ni que sean los únicos ni que constituyan los más importantes, extremo este sobre el que no me atrevo a establecer orden de prelación alguno. Por otra parte, se trata de dos aspectos de naturaleza diferente puesto que uno tiene un componente exógeno y el otro puede pertenecer al estricto ámbito del caso que se considere. Mi reflexión podría tener un alcance universal, pero hoy por hoy está pensada para el caso de la universidad en que presto mis servicios, la USAL.

El primero se refiere a la denominada gobernanza universitaria definida por un marco legal que, por consiguiente, es exógeno a la propia universidad. La introducción en la misma de la lógica de la política por la que se esgrime que, de acuerdo con cierta visión del credo democrático, los procesos electorales son las vías de legitimación y de configuración de los órganos de gobierno viene configurando una profunda distorsión al funcionamiento de las universidades. Esto es por, al menos, dos motivos que se refieren, el primero, al carácter plebiscitario que termina constituyendo el proceso de elección de los cargos unipersonales. Al elegirse a una persona se introduce la lógica “suma cero” mediante la cual el que gana se lleva todo configurando una falsa mayoría en una comunidad que se rige por criterios de transversalidad y con una fragmentación enorme en las identidades tanto plasmadas por la edad y por el género como por la parcela epistemológica a la que pertenecen los distintos sectores. Además, la polarización creada cuando se terminan confrontando dos candidaturas contribuye a configurar una lógica “amigo-enemigo” que trasciende al propio momento electoral y que perdura durante el mandato del ganador. Quienes apoyaron a la candidatura perdedora están condenados al ninguneo cuando no al maltrato durante los cuatro años siguientes.

El segundo motivo tiene que ver con lo que denomino la reinvención de la universidad. La candidatura ganadora, en la que normalmente sus miembros tienen poca experiencia en la gestión universitaria al máximo nivel, reinventa procedimientos, establece nuevos mecanismos y pone en marcha acciones que serán cambiados radicalmente por el nuevo equipo que en su momento la sustituya cuando agote su mandato o pierda la reelección. Consiguientemente la reinvención “del agua tibia” supondrá una pérdida de tiempo, esfuerzos y energías contribuyendo a la frustración de, por ejemplo, el personal de administración y servicios, que contemplará silente el proceso adanista.

En la medida en que se trata de un mecanismo de gobernanza exógeno basado en una legislación autonómica o nacional hay poco que hacer salvo tratar de convencer al mundo universitario español y a la clase política para caminar hacia otro tipo de gobernanza que funciona mucho mejor como lo prueba su implantación en otros ámbitos nacionales, asunto que no es objeto de esta nota.

El segundo mal se refiere a la denominada endogamia universitaria. Una práctica de la que hay sobrada evidencia que se vincula con el nivel de calidad universitaria y que abate severamente a la universidad española en general. Aquí es frecuente que existan áreas de conocimiento conformadas por profesionales que en su totalidad hicieron su carrera sin salir de su alma mater. Para no confundir a quien siga leyendo hasta este punto, entiendo por endogamia el escenario que se da en toda carrera universitaria cuando coinciden en una persona que ha alcanzado la estabilidad profesional dos (endogamia baja), tres (endogamia media) o cuatro (endogamia alta) de las etapas que aquella contiene en la misma universidad de la que ahora es docente. Estas etapas son: grado (licenciatura), máster, doctorado y posdoc.

En este asunto negativo las posibilidades de actuación de cada universidad son mayores que en el mal anterior, toda vez que se pueden implantar criterios para favorecer la llegada de personal con carreras universitarias labradas en otra(s) universidad(es) sin perjudicar completamente a las buenas cabezas formadas en la propia universidad. El establecimiento de un criterio del cincuenta por ciento, por ejemplo, según el cual ningún área de conocimiento podría estar configurada por un número de profesionales formados en la propia universidad que superara la mitad de sus integrantes, sería del mismo tenor que el criterio imprescindible en pro de la equiparación por género. Este tipo de actuación descansa en una sólida comprensión de una universidad más abierta que acepte la movilidad y la diversidad como uno de sus ejes fundamentales de su razón de ser.

Manuel Alcántara Sáez

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Catedrático de Ciencia Política y de la Administración