La opción latinoamericana, tan cerca, tan lejos

Río Atrato en Turbo (Colombia)

Es bien sabido que las instituciones acumulan un capital intangible a lo largo de su existencia que en ocasiones termina configurando una parte substantiva de la misma. Más allá de las mujeres y de los hombres que las integran, de los bienes inmuebles donde se asientan y de las reglas que definen su quehacer diario, el paso del tiempo les otorga una pátina de notoriedad, conocida y reconocida por otros, que define su carácter. Esa reputación puede terminar constituyendo su razón de ser, aunque ello sea una cuestión que apenas quede en las manos de quienes las integran y, por extensión, de quienes las dirigen.

La Universidad de Salamanca es un caso interesante de estudio en ese terreno por cuanto que su proyección americana es una de esas señas de identidad que acaban siendo un patrimonio sutil que supera a la concepción canónica que muchas personas y otras instituciones tienen de la misma. Puedo dar fe de ello de acuerdo con mi experiencia universitaria labrada durante medio siglo. Mientras que en buena parte de la Universidad y de sus aledaños el perfil americano es anecdótico, en América Salamanca es uno de los grandes referentes del conjunto de la enseñanza superior española. 

Sin perjuicio de un análisis más riguroso de la historia de la Universidad, como el que en su momento llevó a cabo Águeda Mª Rodríguez Cruz, siempre se ha dicho que hay dos momentos en el pasado en los que se construyó ese capital: el uso de los estatutos del estudio salmantino para la puesta en marcha de instituciones similares en los nuevos territorios americanos conquistados a partir de 1492 y el periodo finisecular y del primer tercio del siglo XX cuando Miguel de Unamuno en un Estudio mortecino extendió su influencia intelectual tanto por sus intercambios epistolares como a través de su presencia en la prensa diaria latinoamericana. Si el primer factor tenía una clara raigambre institucional el segundo se alzaba bajo un designio individual. Más allá de sendas circunstancias, Salamanca era un hito en el imaginario de los colectivos ilustrados hispanoamericanos gracias a su presencia como trasfondo espacial en El Lazarillo, La Celestina o El estudiante de Salamanca.

La transición española y la incorporación a la Comunidad Económica Europea unidos a la expansión demográfica produjeron un incremento del sector universitario en la década de 1980 que se extendió hasta comienzos del nuevo siglo. Ello coincidió con un momento también expansivo que vivieron los países latinoamericanos. Los intercambios empezaron a intensificarse, más profesionales salmantinos cruzaron el océano para llevar a cabo investigaciones y desarrollar su docencia y más estudiantes latinoamericanos lo atravesaron para formarse en las aulas salmantinas. Los rectorados de Julio Fermoso y de Ignacio Berdugo asentaron patrones de internacionalización en ese ámbito que contribuyeron a afianzar una situación promisoria. Después… todo pareció darse por hecho, la retórica se comió a las actuaciones concretas, la rutina se adueñó de una institución desnortada y la apatía se cobró sus dividendos. 

En mi experiencia debo recordar la amarga discusión que se dio en la sesión plenaria en la que se discutían los estatutos de la Universidad en 2002 cuando en el artículo 2º referido a los fines de la institución se perdió la moción que en el apartado k) expresamente defendía “la profundización en la cooperación universitaria en el ámbito nacional y latinoamericano” frente a la que propuso un grupo de claustrales iluminados de un voluntarismo universalista ilimitado, y todavía vigente, de “la profundización en la cooperación universitaria en el ámbito nacional e internacional”. El maximalismo de aquellos colegas diletantes del claustro unido con la miopía más bien generalizada que ignoraba el capital que se iba acumulando salieron tristemente vencedores. Era una clara evidencia del estado de las cosas. Tres años más tarde y justo cuando todavía se escuchaban los ecos de la Cumbre Iberoamericana celebrada en la ciudad, más exactamente en las instalaciones de la Universidad, su rectorado acordó la retrocesión al Ayuntamiento del edificio entonces conocido como Torre de Abrantes para una aventura demencial y caprichosa del entonces alcalde Lanzarote. El simbolismo que a lo largo de una década se había construido en torno a aquel edificio se dilapidó gracias a una simple decisión administrativa que validó la insignificancia que, para un sector, posiblemente mayoritario, de la Universidad, constituía la región.
Hoy el panorama sigue siendo incierto. La Universidad de Salamanca dice querer ser un jugador de las ligas mayores dirigiendo sus esfuerzos a todos los lugares y a todos los campos, pero el activo con el que se creía contar se ha ido desvaneciendo. En un momento de una competencia severa como es el actual las decisiones no pueden ser ambiguas, la política del “chocolate para todos” fuera de ser infantilmente oportunista no conduce sino a la mediocridad integral. La seductora y bella palabra que es “internacionalización” no puede convertirse en un mantra vacío de todo contenido pensando en que, en palabras de Ciro Alegría, el mundo puede ser “ancho y ajeno”, y en ese escenario las decisiones requieren de un análisis cabal donde los pros y los contras sean sopesados cuidadosamente. Asumir que hay opciones que por su naturaleza son excluyentes, que los recursos son limitados y que los vecinos están muy atentos para aprovechar cualquier desfallecimiento. Es en ese ámbito que el capital al que me refería al inicio cobra un especial significado. Seguir no teniéndolo en cuenta es el suicidio de la institución.

Manuel Alcántara Sáez

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración

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